La Familia en nuestro tiempo

Nuestro contexto sociocultural

Desde hace más de medio siglo, se viene hablando de crisis en el seno de la familia. Por los años sesenta y setenta, junto a fortísimas campañas antinatalistas que anunciaban escenarios apocalípticos si no se ponía coto a la que se denunciaba como explosión demográfica incontrolada en el tercer mundo e, incluso, en los países desarrollados, desde sectores ideológicos bien definidos y otros no tanto, se acusaba, a la familia tradicional, de ser responsable de ello y de la transmisión de una cosmovisión y una moral caducos, y sustentados en creencias y valores fundamentalmente errados y represivos. Fue una época en la que, con el telón de fondo de la Guerra Fría, sobre el escenario se sucedían fenómenos como el de los rebeldes sin causa,  la llamada generación beat (de la que derivaría, más tarde, el movimiento hippie), algaradas como las gestadas en la universidad californiana de Berkeley en 1964,  o las revueltas del Mayo francés del 68.

Ante tales acontecimientos, las instancias educativas y las élites políticas gobernantes e incluso amplias mayorías sociales, centraban su preocupación más bien en los epifenómenos derivados de tales acontecimientos, en tanto generaban desorden, inseguridad e inestabilidad sociopolítica, mientras permanecían más bien ajenos o incluso escépticos respecto a los riesgos y amenazas que proyectaban las proclamas y propuestas de sus protagonistas, y las justificaciones ideológicas conque pretendían legitimarlas.

Muchos de los imaginativos e incluso impactantes eslóganes recogidos en los grafitis que cubrían tapias, fachadas, el transporte público y. a menudo, las portadas de los medios, resultaban suficientemente significativos y expresivos de la crisis cultural que se vivía entonces, sobre todo, en el corazón de multitud de jóvenes estudiantes de secundaria y universitarios de los grandes países occidentales. Todos ellos habían nacido en la postguerra y en la época del baby boom. Fueron criados y educados (¿), mayoritariamente, en familias de clase media, y durante una etapa de desarrollo y de relativo bienestar económico, durante la cual, buena parte de la intelligentsia especulaba, en los escaparates de las universidad y de la cultura, en torno a las ideas de Camus, Sartre o Herbert Marcuse aderezado, todo ello, con altas dosis de feminismo radical, y atravesado o confrontado, de cabo a rabo, por las provocadoras ideas centrales del pensamiento postmoderno en relación con el hombre, la razón, la fe, la libertad, el amor y la sexualidad, la familia, la sociedad, la historia… Pues bien: los hombres y las mujeres que hoy son padres de los casados de edad media, y abuelos de los jóvenes y adolescentes de hoy, pertenecen a aquella generación.

En este orden de cosas y para mejor dibujar aquel contexto,  además de la patente animadversión postmoderna hacia la institución familiar ya señalada, conviene reparar en algunas de las variables vectoriales directamente relacionadas con el proceso de cambio  que ha venido a configurar el panorama actual. Uno de tales vectores fue la aparición de un nuevo individualismo –al que se llamó democrático– que, según sus epígonos, frente a la tradición y a la autoridad jerarquizada de cualquier índole, daría la batalla ideológica en nombre del igualitarismo y de la libertad entendida como independencia desvinculada. Tan tóxico concepto de la libertad, unido a la concepción libertaria del amor y en franca sintonía, pues, con el relativismo ético, traería consigo, lo que el filósofo y exministro francés, Luc Ferry, denunció como la formidable liberación de costumbres que hoy se puede observar ampliamente difundida en el seno de nuestras sociedades occidentales.

Un cambio verdaderamente abrupto

Occidente, pues, está experimentando un verdadero “cambio antropológico-cultural caracterizado por un individualismo exasperado que desvirtúa los vínculos familiares” (Sínodo de la familia. Lineamenta, p. 5) y que enfrenta a la familia a retos que sería insensato dejar sin respuesta por más tiempo. Ahora bien: antes de articular  las respuestas adecuadas, se impone realizar un análisis riguroso de la situación que, a la hora de determinar  su origen y causas, no puede ni debe olvidar “cómo la crisis posconciliar quizá no desencadenó, pero indudablemente actuó como un enorme potenciador de la gran crisis del 68” (Ratzinger, 2002: 64)[i] en la que también se imbricaba, ya, la profunda crisis de fe que venía padeciendo Europa desde mucho tiempo atrás.

No se puede negar. Es el mismísimo concepto antropológico el que, con toda certeza, se halla hoy en crisis. Y, dado que la persona posee estructura familiar, también lo están, consiguientemente y para muchos, la noción de matrimonio y de familia. Uno y otra son realidades naturales inherentes a la persona; ambos configuran el ámbito natural en el que nace, crece y muere como tal; de ahí que su imagen sea fiel reflejo de su estado de salud o de enfermedad.

Es justo en el rango definido por este binomio donde se encuentra situado el significado y alcance de la acepción del término empleado: un proceso de cambio que, dentro de la noción de tiempo de la historia, bien se puede calificar de brusco (DRAE, 1), y que explica el curso de una enfermedad que aqueja a muchas familias, que se viene agravando a ojos vista, pero cuyo sentido, con fe, esperanza y caridad, los hombres y las mujeres pueden revertir. Es la hora del optimismo realista. Es el momento preciso de volver a cambiar el mundo.

Francisco Galvache Valero

14 de abril de 2018

[i] Ratzinger, J.(2002) Dios y el mundo, Barcelona, Glaxia Gutemberg.

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