El binomio autoridad-motivación

Introducción

Reflexionar sobre educación en tanto que autotarea ayudada, lleva a pensar, muy en primer término, en el sujeto que la protagoniza y en aquel o aquellos cuya tarea consiste en contribuir, con su ayuda intencional, al éxito de tal empresa. En el primer término de la relación vemos al que se educa, al educando; mientras que, en el segundo, reconocemos la figura del educador: aquel que, con su experiencia, su competencia y su saber superiores, pone a su alcance los logros del conocimiento acumulados por el hombre, el acervo axiológico en el que encontrar su sentido y los hábitos, habilidades y destrezas que facilitarán tal hallazgo.

Antes de seguir, creo conveniente decir –para no olvidarme de ello- que el binomio educando-educador mantiene una relación educativa, biunívoca e interactiva, en la que, aunque situados sus términos en diferentes niveles, ambos se educan, ambos recorren sus respectivos caminos hacia la plenitud personal con autonomía y recíproca ayuda. Ambos, pues, proyectan -el uno sobre el otro- su positiva influencia. El educando, por lo general, lo hace de manera inconsciente; el educador –si lo es verdaderamente- de forma consciente e intencional, a través de actos voluntarios, plenamente humanos, que se concatenan configurando, así, el conjunto de actividades en las que consiste su acción educativa.

Ambos, pues, proyectan -el uno sobre el otro- su positiva influencia…

Dicho esto, y situado en el marco de referencia de la familia, voy de nuevo a fijar la atención sobre la figura del educador. Más precisamente sobre su paradigma: la primordial figura de los padres: de la madre y del padre de familia, del padre y de la madre -que tanto montan una y otro- sobre los que recae indistinta y mancomunadamente el derecho-deber inalienable del cuidado y la educación de sus hijos, amén–no se olvide- del deber-derecho de los esposos de ayudarse y sostenerse, mutuamente, a lo largo de sus respectivos e inconclusos procesos de crecimiento personal.

Los motivos y la acción educativa

Como es sabido, los motivos son agentes de la acción, y, como tales, dinamizan la voluntad y facilitan su determinación y empeño en el logro del bien concreto del  que cada uno de ellos da razón. Y es que el motivo surge del descubrimiento de un valor, de una de las especificaciones del bien; y, en consecuencia, la acción educativa de los educadores -de los padres, en esta ocasión- se han de ocupar, muy en primer término, de la tarea de facilitar tal descubrimiento a cada uno de sus hijos en tanto que verdaderos protagonistas de sus respectivos procesos educativos. Son pues ellos, los padres, como primeros responsables de su educación, quienes han de ocuparse de motivarles: de proponer a sus hijos verdaderos valores/objetivo, de forma que perciban su belleza: el resplandor de la verdad y del bien que, estando en ellos, inclinarán sus voluntades a empeñar su esfuerzo para poder incorporarlos a sus vidas.

El mero descubrimiento de un valor ya es, en sí mismo, motivador; y más aún si el hallazgo es fruto de un esfuerzo personal de búsqueda…

La educación es un proceso a través del cual la persona debe ir actualizando todas y cada una de sus virtualidades en orden a realizar en la existencia lo que ya es en esencia. Para ello, ha de ir cubriendo etapas, alcanzando objetivos, realizando en sí los valores específicamente humanos que, por serlo, se refieren, de una u otra manera, a los dones esenciales que le hacen ser persona y, por tanto, capaz de alcanzar su fin y deseo último: la felicidad. Todo esto requiere esfuerzo, esfuerzo perseverante y, desde luego, también ayuda: la ayuda específicamente motivadora que los padres han de prestar a sus hijos desde el cariño y la ejemplaridad.

El mero descubrimiento de un valor ya es, en sí mismo, motivador; y más aún si el hallazgo es fruto de un esfuerzo personal de búsqueda, aunque tal esfuerzo sea acompañado por la ayuda de quien comparte interés, aporta saber y orientación y participa en la celebración del éxito. Estoy hablando, pues, de la cálida ayuda que presta el amigo: aquel que, junto a nosotros,  busca y encuentra su bien procurando el nuestro. Estoy, pues, hablando de la ocupación y del fruto del amor de benevolencia en que la amistad consiste: ese sentimiento y ese quehacer que tan radical y espontáneamente liga a padres e hijos desde el instante mismo del despertar a la vida, y que emana de “esa suprema amistad que, como explicaba Vives, “aventaja en densidad de cariño a cualesquiera otros afectos”. Amistad que, por ser tal, no coacciona sino que eleva, que inclina al otro a aceptar y a realizar lo que se le propone como bueno, conveniente y hacedero, que, como decía Mexía, genera igualdad y corresponsabilidad en el cuidado recíproco y de lo nuestro: de nuestro matrimonio y de los hijos, lo nuestro por antonomasia. Esa suprema forma de amistad, en suma, que es la propia del amor de los esposos: el amor conyugal (Galvache, 2001: 127-128).

Motivación y ejemplaridad

Llegados a este punto,  propongo reflexionar sobre esa energía propia de la amistad verdadera que tiene la virtud de inclinar al amigo a “aceptar y realizar lo que se le propone como bueno, conveniente y hacedero”. Y, para comenzar, podríamos indagar sobre la causa que promueve tal inclinación. Desde luego –y ello se aprecia claramente- su origen no se halla en la existencia de mandato alguno. No es potestad del amigo ejercer mando ni coacción de cualquier tipo. Por el contrario, su capacidad de influencia más bien procede de la confianza que en él ha depositado el otro. Confianza que, a su vez, es producto de la solvencia acreditada por la fidelidad y competencia con que vive y defiende los valores o bienes que propone; esto es: por su reconocido prestigio.

Ciertamente, el prestigio suscita admiración y ejerce una incuestionable y motivadora influencia que convoca a la emulación del ser, del pensar y del hacer de quien lo ostenta. Una influencia fuerte pero sutil; exigente pero absolutamente respetuosa de la libertad de quien la recibe; que resuena en el silencio de su intimidad abriéndola hacia hermosos y alcanzables horizontes de plenitud; y que, conmoviendo su ánimo, le impulsa, eficazmente, a emprender la esforzada y apasionante aventura de alcanzarlos.

Ciertamente, el prestigio suscita admiración y ejerce una incuestionable y motivadora influencia que convoca a la emulación del ser, del pensar y del hacer de quien lo ostenta.

Esta poderosa capacidad de influencia, cuando está preñada de intencionalidad al calor de los amores familiares, deviene en el paradigma de la autoridad educativa, en la auctóritas, a decir de los romanos; esto es: en la dimensión primordial desde la que se ejerce la autoridad-prestigio de los padres, de los cónyuges y aún de los hermanos entre sí. Y lo hace presentándoles, ante la luz de la razón, los valores encarnados en quienes la ostentan, ayudándoles a descubrirlos mostrándolos en todo su dinamismo actualizador y configurador del ser personal. En, definitiva motivándolos; es decir: ayudándoles a descubrir motivos, valores capaces de suscitar, en unos y otros, el deseo y la decisión de hacerlos suyos, a través del ejercicio de la ejemplaridad.

Motivación y capacidad normativa y sancionadora

¿Y qué decir de la potestas? ¿Guardará también relación, esta dimensión de la autoridad legítima de los padres, con la tarea de motivar? Recordemos, en primer lugar, que, el significado de este término se refiere a dos poderes: el de tomar decisiones influyentes en el comportamiento de los hijos y el de sancionar. Como explica Oliveros, es más que frecuente que el concepto de sanción se entienda en sentido negativo de castigo; mientras que, en el campo de las decisiones influyentes, tampoco es infrecuente que, aquellas que se concretan en normas sobre el qué hacer o no hacer, se identifiquen con simples prohibiciones más orientadas hacia la regulación del orden en los procesos funcionales intrafamiliares y la instrucción de sus miembros a tales efectos, que intencional y directamente relacionadas, también, a su educación. Esto, obviamente, no es así o, al menos, no debiera serlo.

La autoridad rectamente entendida siempre es servicio; y más aún debe serlo en el seno del ámbito natural de de la educación que es la familia. Indicar conductas rectas y adecuadas y prohibir las que no lo son desde la legítima autoridad de quienes están investidos de ella es tarea que conlleva una indiscutible carga educativa que contribuye, directamente, al desarrollo de la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo y lo conveniente de lo que no lo es. En este sentido, por tanto, parece claro que el ejercicio de la autoridad-potestas también coadyuva al reconocimiento de las especificaciones del bien, es decir, los valores y, en consecuencia, al hallazgo de motivos.

Algo análogo ocurre con las sanciones. Tanto las que, en positivo, aprueban conductas y logros (premios) como las que señalan y descalifican los errores (castigos) contribuyen al vencimiento de la ignorancia acerca de algo tan crucial como todo cuanto se refiere al bien, a la verdad, a la belleza y aquello otro desprovisto de ello. Los límites, premios y castigos recogidos y articulados en una prudente política de sanciones constituyen un sistema de indicadores y señales que, a lo largo del proceso educativo, reducen el riesgo de pérdida, estimulan a partir de las conductas y refuerzan el poder de los motivos que las impulsan a continuar y recomenzar, en su caso, esforzadamente.

La autoridad rectamente entendida siempre es servicio; y más aún debe serlo en el seno del ámbito natural de de la educación que es la familia.

La autoridad rectamente entendida siempre es servicio; y más aún debe serlo en el seno del ámbito natural de la educación que es la familia.

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Con el título de este documento no hice si no establecer la hipótesis de que la autoridad y la motivación pueden y deben ser consideradas como fuerzas constitutivas de un binomio; De manera que el ejercicio correcto de la primera redunda en la segunda, confiriéndola mayor intensidad y eficacia educativa. A lo largo de las subsiguientes reflexiones, creo que se han ido hilvanando razones que avalan y explican la realidad de tal afirmación. No obstante, muchas otras consecuencias cabría aún extraer ahondando en todo ello, mediante una sosegada discusión sobre cada uno de los aspectos que giran en torno a los conceptos que se han venido barajando. Propongo, pues, ahora, ocuparnos de ello planteando una afirmación y una pregunta. La afirmación –que procede del ámbito castrense- sostiene que “la orden más terminante de un superior es el ejemplo”; mientras que la pregunta inquiere lo siguiente: ¿es posible enseñar el bien y la virtud sin mostrarlos encarnados en ejemplos de vida?

Francisco Galvache Valero-Martín

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