Vivir en solitario

Uno de los frutos del individualismo rampante

Francisco Galvache Valero[1]

Hace un par de años, un libro de notable difusión en el ámbito anglosajón, sacó a la luz el hecho de que, en el conjunto de los países desarrollados, y desde el comienzo de la década de los sesenta del pasado siglo, las series estadísticas de las encuestas de población vienen mostrando el continuo aumento del número de hogares habitados por una sola persona[2]. Como era de esperar, el análisis de los datos relativos al fenómeno, procedentes de distintos países y contextos, conduce a los expertos a establecer correlaciones significativas entre él y diferentes factores; y, dada la peculiar sensibilidad de nuestra época, a subrayar que la primera y más relevante de ellas sería la existente entre su crecimiento y el grado de prosperidad de las sociedades afectadas. En apoyo se esta tesis, se aportan datos de varios países de Europa, de Estados Unidos  e incluso de algunas de las nuevas potencias emergentes: China, la India y Brasil.

De la situación en España nada se dice. Ciertamente, nuestro país, no se halla incluido en la decena de países integrantes del “Top” del desarrollo humano, ni tampoco –por fortuna-  entre los que aún se encuentran en vías de ello. Ahora bien: si nos hubieran tomado en cuenta, habrían tenido que decir –con nuestro Instituto Nacional de Estadística (INE)- que, en 2015, después de décadas de continuo crecimiento, “El número de personas que viven solas ocupando el 25,% del total de nuestros hogares”[3], volvió a aumentar hasta alcanzar la cota de los 4.584.200. Es decir: que uno de cada cuatro hogares españoles acoge sólo a una persona.

Barajando datos de esta índole, el profesor de Sociología en la Universidad de Nueva York, Erick Klinenberg, llega a la conclusión de que, por primera vez en la historia de la humanidad, un creciente número de personas prefiere vivir en solitario[4], alegando en defensa de su inédita preferencia no pocas y -según él-  plausibles razones.

Etiología del fenómeno

Entre las causas de este fenómeno de alcance global, los sociólogos señalan la existencia de factores de diversa índole; algunos de los cuales merecen ser valorados muy positivamente: el incremento de la esperanza y calidad de vida  -que, en los países donde el estado de bienestar funciona, facilita a mayor número de ancianos una vida autónoma en sus propios domicilios- y la cada vez más generalizada independencia de la mujer tras su incorporación al mundo del trabajo profesional retribuido, estarían entre ellos; mientras que otros como: la continua escalada de los divorcios, el creciente número de las parejas de hecho, el vertiginoso descenso de los matrimonios y el sensible aumento del número de solteros de larga duración, proyectan sombras  amenazantes sobre el futuro del matrimonio, y de la familia. Entre estos últimos merece la pena distinguir los que lo retrasan -por motivos más o menos entendibles- hasta edades inhabituales en otro tiempo, de aquellos otros que, de entrada y aun de salida, prefieren eludir el matrimonio sine die.

De facto –y en España- el número de matrimonios ha caído de los 236.877 celebrados en 1960 (7,88% de tasa bruta de nupcialidad), a los 159.279 que lo fueron en 2014 (3,36% de dicha tasa), al tiempo que según el Informe 2016 del IPF, las parejas de hecho han triplicado su número desde el año 2001 hasta esas fechas. Y así, según la misma fuente, el 14% de los hogares españoles ocupados por parejas, lo son por uniones de ese tipo caracterizadas, como es notorio, por la debilidad o incluso ausencia de compromiso y, consecuentemente, por su escasa resistencia a la ruptura.

La clara renuencia a contraer compromisos estables de índole conyugal se evidencia, de forma explícita, en las declaraciones, situaciones y modos de vida de personas de diferente edad, sexo y condición social o laboral que, aun contando con la necesaria autonomía económica, prefieren vivir solos y al margen de compromisos. Según manifiestan muchos de ellos, la soledad que -cabría suponer- les amenaza, no les afectaría de especial manera porque –aducen- “vivir solo no es estar solo”,[5] sobre todo cuando el dinamismo de las nuevas sociedades, la liberalización de las costumbres y la revolución de las nuevas tecnologías habrían pulverizado los prejuicios de la vieja moral y las barreras que el espacio, el tiempo y la precariedad imponían a las relaciones personales en un pasado todavía no lejano. Todo lo cual -aseguran- estaría muy en consonancia con los valores de la modernidad.

Sus protagonistas

Por otra parte –piensan- la soltería ni implica la abstinencia irremediable ni es una opción irrevocable. Después de todo, vivir solo o en pareja son situaciones que cabría alternar. Todo dependería del deseo de cada cual y de las circunstancias. Y es que -se argumenta- no sería razonable la imposible pretensión de vivir constantemente a contrapelo. De esto habría tomado buena nota la llamada conciencia colectiva. Y, así, de forma progresiva, un creciente número de gentes estarían interiorizando que los compromisos de larga duración –no digamos ya los de naturaleza matrimonial tan llenos de responsabilidades- no sólo suelen ser cargas incómodas de conllevar, sino que, en no pocas ocasiones, pueden llegar a convertirse en verdaderas cárceles de la libertad; entendida esta, naturalmente, como ausencia de frustrantes ataduras.

Además –se añade- la globalización, que a todos impone, hoy, un notable grado de interdependencia funcional, relativiza, a nivel individual y en el orden práctico, muchos de los inconvenientes que tradicionalmente supuso vivir solo. La vida social de nuestro tiempo –que habría ganado en apertura, riqueza, flexibilidad y en dinamismo-  facilitaría, al solitario, recursos eficaces para la ordinaria administración de su hogar, oportunidades de potenciar las relaciones sociales y profesionales, de conseguir tiempo para sí mismo y capacidad de control de la propia intimidad.

Y así, ante los ojos de muchos, este modelo de vida aparece como signo de éxito personal, social, y aun de madura autosuficiencia. En consecuencia, a alcanzar esa pretendida madurez del vivir autónomo debería orientarse el proceso de realización personal de un hombre nuevo que, por fin, gracias al desarrollo científico-tecnológico, fuente de prosperidad y de autonomía, estaría viendo liberada su individualidad de la esclavizadora dependencia a la que le habría sometido, durante cientos de miles de años, una sociabilidad hipertrofiada por la necesidad de paliar la escasez de recursos a la hora de cubrir necesidades de cualquier índole.

El cine y la televisión vienen siendo buenos escaparates de individuos que han abrazado este nuevo ideal de vida. Películas y series (que hacen las delicias de muchos bien pensantes) nos muestran círculos de amistades de alegres hombres y mujeres solteros o divorciados, jóvenes o cercanos a la mediana edad (entre los 25 y los 50 años), pertenecientes a grupos de afines por trabajo y/o aficiones, que viven solos en apartamentos urbanos, que frecuentan conciertos, gimnasios, bares y locales after work, y hacia quienes se orientan campañas publicitarias de toda índole: de promociones de soluciones habitacionales, de industrias del mueble adaptable, de la moda y el deporte, de comida para llevar, de la automoción, de agencias de viajes que ofrecen paquetes singles de ocio vacacional… Campañas, en fin, dirigidas a bolsas de población que se nutren de gentes  que han desembarcado en ellas desde el hogar de sus padres (reciente y tardíamente abandonado en muchas ocasiones), o procedentes de la ola de rupturas familiares de las que, el 95% de ellas son divorcios[6].

Todo lo anterior, unido al descrédito que sufre el matrimonio y a la creciente frecuencia con la que se recurre al divorcio como solución (¿?) de los conflictos de pareja, mucho tiene que ver con fenómenos más complejos que discurren bajo las turbulencias que provocan tales hechos, y que vienen de mucho tiempo atrás. Se trata de fenómenos de naturaleza cultural que pivotan en torno a un concepto de persona que contrasta radicalmente con el que –aun con dificultad- continúa vigente en buena parte de nuestras sociedades occidentales. A ellos quisiera referirme ahora; pero por razones lógicas de oportunidad y espacio, sólo para ponerlos en relación con cuestiones que son inherentes a la persona humana: su individualidad y su sociabilidad inseparables y destinadas a desarrollarse armoniosamente en el seno de su intimidad, y en interacción profunda con las de sus semejantes, dinamizando, desde su origen, los procesos de socialización que acabarán cristalizando en sociedades cohesionadas, cooperativas y  solidarias.


[1]  Dr. En Filosofía y Ciencias de la Educación y Orientador familiar por el ICE de la Universidad de Navarra.

[2] Klinenberg , E. Going Solo: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone (2013), Duckworth Overloock, London.

[3] INE, Encuesta Continua de Hogares. Año2015, abril de 2016.

[4] Ibidem.

[5] Ibidem.

[6] IPF, Evolución de la familia en España, 2016

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