La catarsis

Entre quienes desde poco antes de la muerte de Franco, tuvimos ocasión de contemplar, de cerca, los entresijos de la política española del último cuarto del siglo XX, y primera década del XXI, sólo las víctimas de un forofismo contumaz y sobrevenido han podido caer en la tentación de defender gratuitamente a un determinado partido político.  Es cierto también que muchos no supieron o no quisieron aprovechar tan estupenda oportunidad de conocer la condición humana por ingenuidad recalcitrante, por aversión indiscriminada a los cómicos de la política (a decir de Unamuno) o incluso por indiferencia acrítica que es razón quizá menos disculpable.

Yo, por mi parte, desde mi salida de la Academia General Militar cuatro años antes del Mayo francés, y a lo largo de mi paso por la Universidad cuando ya ETA mataba a mansalva, pude percibir con mucha claridad, que nada «estaba atado y bien atado» como soñaban algunos, y qué, por el contrario, la incertidumbre se apoderaba de España, una vez más, mientras ante ella se abría la oportunidad de incorporarse, plenamente, al proyecto de Europa que liderara un día. Por eso, tras un corto período de reflexión, acepté la invitación que se me hizo de pasar destinado al AEM y, en comisión de servicio, a Presidencia del Gobierno. A partir de entonces y, hasta mi jubilación, he conocido personas y personajes afectados por todo tipo de filias y de fobias reflejadas en el arco parlamentario e incluso en sus aledaños extraparlamentarios. 

«En ese espacio tan amplio y variopinto, pude constatar la fuerza estupefaciente de las ideologías»

En ese espacio tan amplio y variopinto pude constatar: la fuerza estupefaciente de las ideologías, la mezquindad de las mentes estrechas, la angostura de los corazones pequeños, el ansia inmoderada de poder, la avidez y la doblez de los corruptos, el hipócrita escándalo  de los libertinos ante la verdadera virtud puesta en entredicho por ellos mismos… Y, entre tanto fragor, también tuve la fortuna de tener encuentros estelares con personas que encarnaban valores y virtudes de alcance universal como el patriotismo -del que hacen chanza muchos, y pocos alardean- o como la lealtad de la que mucho se habla y poco se practica, las más de las veces porque es difícil de entender y dura de vivir, y, en el resto de ellas, pura y llanamente, por lesa ignorancia.

Pero, además, lo digo con cierto pudor (que ni yo entiendo), he tratado con muchas personas admirables de toda condición, ideas y hechuras, que lo fueron y aún lo son por su entrega, por su abnegación y por su valor que les hicieron capaces de arriesgar su honra (que no su honor) y aun la propia vida que varios (de los que yo traté) perdieron por España, por los españoles y… ¡por nada más! Miembros de los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado, civiles y militares, jueces y fiscales, meros trabajadores, pequeños y medianos empresarios, estudiantes y profesores universitarios: hombres y mujeres jóvenes (muy jóvenes, a veces) con todo por hacer; hechos y derechos con mucho que perder… Gentes, en fin, que nada esperaban salvo servir a España y, si acaso, la íntima satisfacción del deber cumplido y un austero e íntimo reconocimiento de los suyos y de sus compañeros de aventura, nada de que presumir y aún menos que contar.

Eran –y algunos de ellos todavía son- españoles que tenían en sus corazones un lugar preferente para España, que la amaban y que querían para ella un futuro de paz y de concordia en libertad. Que ansiaban vivir en democracia y que, a pesar de no tener muy claro qué cosa fuera eso, creían que podrían contribuir, desde la particular visión de cada cual, a la construcción de un futuro ilusionante para todos. Eso quizá explique –en parte al menos- la abrumadora mayoría de españoles que respaldó la Constitución que hoy muchos cuestionan.

«Veo a muchos veteranos, y a otros que son mucho más jóvenes respirando esos aires que anuncian la recuperación de España»

Tengo que decir que ahora, aunque en menor medida porque ya estoy lejos de los escenarios, reconozco en muchos análogos perfiles. Veo a muchos veteranos, y a otros que son mucho más jóvenes respirando esos aires que anuncian la recuperación de España tras esta ya larga travesía del desierto. El daño ha sido y sigue siendo atroz porque también pesa sobre ella la gran crisis secular de civilización (Weigel) que aqueja a Occidente y, sobre todo, a su corazón que es Europa.

He defendido, a lo largo de estos últimos años, la idea de que España está necesitando experimentar una gran catarsis en el sentido que señala el diccionario de nuestra lengua: una “purificación; una liberación o transformación interior suscitada por una experiencia vital profunda” que la ponga ante el espejo de la verdad para que pueda contemplar, sin filtros ni maquillajes, la crítica realidad de su presente. Hoy, teniendo en cuenta todo lo que ha venido sucediendo a lo largo de los últimos años, y cuanto ahora acontece, me atrevo a aventurar que ese tiempo de conversión ha comenzado ya. Y es que, aun corriendo el riesgo que implica recurrir a términos homiléticos en un análisis de esta naturaleza, he de decir que, en mi opinión, son numerosos los signos de estos tiempos que lo indican. Señalaré tan sólo sólo tres:

– Las gravísimas consecuencias socio-políticas y económicas que ha provocado la desastrosa gestión de este Gobierno, que viene a superar los despropósitos que, por acción y por omisión, perpetraron otros anteriores, y que ha puesto en grave riesgo el bienestar, la convivencia y la unidad de España.

– La dramática pandemia cuya estela de sufrimiento y de ruina económica constituye un auténtico toque de arrebato que ha alertado a la, hasta ahora, ciudad alegre y confiada, con la inesquivable realidad del dolor, de la ruina y de la muerte de tantos.

– Y, por último, la progresiva reacción de la sociedad frente a la siniestra feria de las ideologías totalitarias, del mal gusto y de la indigencia intelectual, cuyos hitos más visibles podrían haberse evidenciado en Andalucía, en Cataluña luego, y, ahora, por último, en Madrid.

Pues, si así fuera, por fin:

¡Bienvenida sea la catarsis!

Un comentario sobre “La catarsis

  1. Siempre fui un sincero admirador de tu inteligencia e integridad cultural, profesional y moral.
    Cuando hoy he recibido tu WhatsApp, he tenido la certeza de mi concepto exacto qué siempre he sentido por ti y mi agradecimiento por contarme entre tus amigos.
    Con mí afecto y admiración y consideración de siempre.
    Abrazos (pandémicos).
    ANDRÉS ORTEGA MONGE

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