El camino de la felicidad

Francisco Galvache Valero-Martín[1]

 Un caso corto a modo de introducción

Una madre hablaba con su amiga íntima y se quejaba con amargura:

¡Qué dura es la vida, Teresa! ¡Cuántos desve­los, cuantos cuidados y sacrificios con este hijo mío por verle feliz junto a mí! ¿Qué no he hecho yo para alejarle de peli­gros, para protegerle del dolor, para que siempre viera lo hermoso de la vida y no le alcanzaran las amarguras y desenga­ños que tanto abundan en ella… Yo -tu lo sabes- he sabido lo que es la ingratitud, el dolor de verme traicionada por la vida, por todo aquello en lo que tanta fe e ilusiones puse… Yo sé que la felicidad va por delante, se nos escapa siempre de las manos, juega con nosotros… Pero le tenía a él y eso me bastaba. ¡Le tenía a él que ha sido -que es- toda mi vida…!

Y ahora, pretende que ya es mayor; un hombre dice que es y aún no ha cumplido los 24 años. Ha conocido a una mucha­cha… Ya sé que tenía que ocurrir, Teresa, ya lo sé… Y reconozco que parece buena chica y que es mona, sí, y también   simpática y ale­gre, sí, demasiado alegre… o ¿atolondrada quizá? ¡No sé, Te­resa: me da miedo! temo que todo esto le haga daño ¡Es muy joven aún para comprometerse…! Debería aguardar ¿No crees? Debería antes vivir: coger experiencia de la vida, aprovechar estos años para disfrutar, ser feliz… Y no a las primeras de cambio: ¡hala! amarrarse de esta manera… ¿Crees -tú que le cono­ces- que Ángel está en condiciones de asumir las responsa­bi­lidades que trae consi­go una familia? ¿de apechar con todo lo que ello supone? Es muy trabajador y, en su trabajo tiene un buen presente y, probablemente, mejor futuro. Pero ¿Y si los hijos co­mien­zan a llegar­les pronto y, con ellos, las necesidades, las servidumbres, las limitaciones y renuncias? Estoy segura de que, si eso ocurriera, no tardaría mucho en darse cuenta de los errores que la precipitación provoca…

Pero es inútil razonar con él: dice que ni ella y ni él sueñan con otra cosa que en ser felices; que él, por su parte, está seguro de que lo va a ser junto a Cecilia; que Cecilia es maravillosa, que le encanta su alegría, que se le sube el alma a los ojos cuando la oye reír, y que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de verla feliz… “Y lo voy a conse­guir -dice ufano- porque tengo trabajo, tenemos ideas de lo que podemos y queremos hacer, juntos, de nuestra vida: de la suya y de la mía…

“Ya ves, Teresa, en todo esto parece que yo ya no cuento, ¡Que ingratitud la de los hijos! se lo damos todo y cuando piensas que va llegando la hora de recibir algo de su atención, de su cariño, de su compañía, te das cuenta de que has pasado a un segundo plano; que tus hijos han dejado de ser tuyos y que el fantasma de la soledad amenaza de nuevo con helarte el corazón… ¡Confie­so, Teresa, que estoy desorienta­da! Sí, ¡Estoy triste y muy deso­rientada…! Si al menos tuviera la seguridad de que acierta, de que verdaderamente van a ser felices juntos… Pero ¿Quién es feliz, Teresa? ¿Quién puede llegar a serlo verdaderamente…?

Entre tanto, Teresa que la escucha con el corazón encogido, porque la quiere, no sabe que decir para consolarla. No se atreve a recordarle que también ellas, un día no tan lejano, abandonaron sus casas en pos de ese maravilloso sueño al que las gentes llaman felicidad…Sí, -se dice Teresa- quizá fue tan sólo un sueño; pero era tan hermoso… ¡Demasiado hermoso para ser real! Pero… ¿Cómo explicarle a Ana que vivir sin soñar es imposible, que la vida sin sueños sería insufrible? ¿Y si la felicidad realmente existiera? Al fin y al cabo, hasta que el desengaño nos abrió los ojos con tanta dureza, se podría decir que, una y otra, tal vez eramos felices… Pero ¿Qué es, realmente, la felicidad?

Dejemos a Teresa absorta en sus cavilaciones mientras buscamos algunas respuestas que ayuden a ambas amigas a aventar su angustia haciéndoles ver que como tantos y tantas hombres y mujeres que en el mundo han sido, ellas tampoco encontrarán la felicidad allá donde la buscan, y sí, en cambio, en la intimidad de sus propios corazones, allí donde -si se lo proponen- podrán encontrarse consigo mismas: con sus anhelos, con sus dolores y alegrías… Pero sobre todo con sus amores que, si son ciertos y, por tanto, centrados en el bien de sus amados, les conducirán -a ellos y a ellas- por rutas seguras hacia el exultante estado del ánimo al que llamamos felicidad.  

* * *

Pero ¿Qué entender por felicidad?

Un joven filósofo, teólogo y fraile dominico, allá por el siglo XIII, se atrevió a afirmar que la felicidad es, ni más ni menos que “el último fin o bien supremo de la libre conducta huma­na”[2]. El Aquinate (así llamado por sus coetáneos), a pesar de su juventud, había profundizado mucho en Aristóteles, en Agustín de Hipona e incluso conocido los comentarios del musulmán heterodoxo Averroes a distintas obras del Estagirita. Y, siete siglos después, otro colega suyo, el filósofo Antonio Millán Puelles -al que tuve la fortuna de conocer- diría algo parecido, en la misma línea de pensamien­to:

“Se da el nombre de felici­dad al bien absoluto, enteramen­te sacia­tivo de la potencia humana de querer, que el hombre quie­re de una manera absoluta sin que le sea posible no que­rerlo nada más que si no lo piensa”[3].

O, dicho de otra manera: si la idea de felicidad penetra en un momento dado en el ámbito de la consciencia del hombre y, consecuentemente, piensa en ella, todo su ser viene a sufrir una radical conmoción que impulsa a su voluntad[4] a amarla: a quererla para sí absoluta e irresistiblemente.

“La felicidad humana está esencialmente unida a la posesión del bien”

Es claro pues que, según ambos filósofos, la felicidad humana está esencialmente unida a la posesión del bien por parte del hombre, e inexcusablemente relacionada con su capacidad de reconocer su presencia en todas las criaturas. Una presencia que puede ser percibida por la mente humana, y que abarca los mundos tangibles y los intangibles; aunque, en cualquier caso, lo hace, naturalmente, con las imprecisiones y precariedades derivadas de las limitaciones propias de la condición humana.

Y a conseguir los bienes que con más o menos claridad perciben y que, en ocasiones, tan sólo creen descubrir como en penumbra, se ordenan los actos libres de los hombres. Por lo que en ello aciertan en unas ocasiones y en otras erran. Y, así, discurre sus búsquedas en pos del definitivo hallaz­go que sacie su absoluta sed de felicidad absoluta.

No nos debe extrañar, pues, que con harta frecuencia se afirme que la felicidad -si existe- es inal­canza­ble; que, al menos, así lo es aquí en la tierra; que tan solo alcanza a ser -como pensaba Teresa- un sueño, una aspira­ción improbablemente realizable: algo que perseguimos hombres y mujeres sin jamás lograrlo, y cuyo pertinaz anhelo nos mantiene irremisiblemente presos de la nostalgia… Pero, no, no es así: muchos sabemos (por comunes experiencias) que hay momentos en los que, en lo íntimo de cada uno de nosotros, como iluminado por la meridiana claridad de un inmóvil e intenso destello de luz, nuestros corazones intuyen que la felicidad es algo muy real; aún más: presentimos ¡Que ella es nues­tro desti­no! Y comprobamos también que tan conmovedor acontecimiento se repite una y otra vez; en ocasiones, incluso en medio del dolor que nos embarga ante el daño o la pérdida de algo que estimamos valioso: la paz, la salud, un ser querido… Y es entonces cuando, en nuestro corazón herido, sorprendentemente, renace la esperanza que ya creíamos perdida.

Y es que, En este mundo nuestro de lo tangible, de lo hermosamente efímero, mien­tras caminamos por su tierra tam­bién nos es posible ser feliz. Ser feliz con una felicidad cier­tamente limitada como limita­dos somos los seres humanos en el ser, en el saber y en el sentir; pero que, no obstante -esta felicidad de aquí y ahora– se revela auténtica felicidad: una felicidad en desa­rrollo que crece, se nos manifiesta y que, incluso, nos invade en la medida en que vamos pro­gre­sando (a trompicones quizá) en el conoci­miento y aprehensión del bien y de sus espe­cifi­caciones, los valores: realizándolos en nosotros, entrañándolos en nuestras vidas o entregándonos en ellas al Bien, que tanto da. En definiti­va: a medida que crecemos en el ser persona: en el bien ser que nuestra conducta y virtudes sencillamente explican. Y esto es así porque la felicidad de la que ahora hablamos, no es otra cosa que “aquel estado de ánimo, en el cual me encuentro satisfecho de lo que hasta ese momento he hecho con mi vida, de acuerdo con lo que proyecté”[5]

Porque la generalidad de los seres, las criaturas, si bien perfectas en esencia, tienden necesariamente a serlo también en su existencia, a través del des­pliegue de todas las potencialidades propias de su naturale­za, de todas sus cuali­dades entitativas. Es decir: todo ente tiende a existir acaba­damen­te: a actualizar lo que es en potencia. Y en ese llegar a la plenitud de su ser, de ser plenamente lo que es, radica su bondad ontológica: su aptitud para ser querido.[6]

Y en nosotros, los humanos, esto acontece de forma eminente: somos queridos por nuestra bondad intrínseca por quién nos conoce plena­mente, tal cual somos en esencia; tal como salimos de Sus manos: en la perfección de nuestra pecu­liar forma de ser mujer o varón, acabadas y perfectas obras de Dios crea­dor. Y este querernos Dios así, a pesar de nues­tro voluntario aparta­miento original, continua, en eterno acto de Su voluntad, penetrando en la Histo­ria -en cada una de nuestras respectivas histo­rias– en forma de paciente sostén de nuestra existencia, y de amorosa y providente invitación a incluso superar aquel primer estatus de nuestra perfec­ción prime­ra.

“Nuestro verdadero trabajo: ese quicio en torno al cual gira toda nuestra vida”

En efecto: estamos llamados por el Bien absoluto a serlo, en Él, también nosotros: a realizarnos, a llegar no ya a existir sino a vivir[7] plenamente, tal cual nos pensó la amorosa mente de Dios antes de la creación del mundo. En contribuir libremente a ello estri­ba nuestro quehacer, nuestro verdadero trabajo: ese quicio en torno al cual gira toda nuestra vida de cooperadores del Autor de Todo[8].  Ese quehacer durante el cual, de trecho en trecho, se nos asoma la felicidad provocando en nuestros corazones auténticos vuelcos de gozo, verdaderos anticipos de lo que nos espera allá, al final del Camino, cuando nos alcance en él la Felicidad así, con mayúscula, anegándonos en la inmensa y eterna ola de Amor en la que se nos hará presente toda la Verdad, toda la Bondad y toda la Belleza del Dios que es Amor. 

He ahí, pues, el itinerario. No hay otro. Ese es el único y verdadero camino que conduce muy directamente a la felicidad. Es un camino estrecho pero muy hermoso y andadero. Pero, aunque es fácil de encontrar no es difícil de perder, bajo los riesgos y las amenazas que se ciernen constantes sobre el recto ejercicio de libertad que el caminante ha de realizar para lograr su vida[9]: con esfuerzo perseverante, bien orientado y procurando ir siempre en buena compañía, porque las mujeres y los hombres no están hechos para andar en soledad, ni ayunos de saberes, de habilidades, de virtudes, y sin respuestas acertadas en relación con cuestiones clave cómo, por ejemplo: qué es y en qué consiste la confianza, qué la libertad y cómo discernir con acierto la experiencia del Amor que, a cada paso, desde el consuelo recibido durante el primero de nuestros llantos, nos va saliendo al encuentro a lo largo y ancho de nuestra vida.

Pero, cada una de estas cuestiones clave -verdaderas realidades vectoriales- exige apropiadas y específicas cavilaciones en las que espero ocuparme a no mucho tardar.

                                                           * * *


[1] Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, y Orientador familiar por la Universidad de Navarra.

[2] Aquino, Tomás De. In Ethicor. I, lect. 14, nota 172. En Millán Puelles, A. (1984), Léxico filosófico. Madrid. Rialp. pag. 325. 

[3] Ibidem. pags. 324, 325.

[4] La libre voluntad, libre albedrío o capacidad de querer del hombre, como la oí llamar y tanto me gusta recordar.

[5] Rojas, Enrique (1987), Una teoría de la felicidad, Barcelona, E. Dosat, p.15.

[6] Cfr. Millán Puelles, A. (1984), Léxico filosófico. Madrid. 1984. Rialp. p. 246

[7] El vivir humano trasciende el mero existir. Este hecho supone en él poseer consciencia de sí, aprehender su propia realidad y la del resto del mundo que le rodea y al que también pertenece, capacidad de inquirir sobre el sentido de su propia vida, y de, orientado por él, de ser autor y protagonista de su propia biografía.

[8] Dios formó a Adán con el barro de la tierra, y creó para él y para su descendencia este mundo tan hermoso, ut operaretur et custodiret illum (Gn 2,15), U. de Navarra, Sagrada Biblia (Spanish Edition). EUNSA. Edición de Kindle.

[9] Llano, Alejandro, (2007, 5ª. Ed.) La vida lograda, Barcelona, Ariel.

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