¿Una mutación genética?

A finales del pasado año,[1] publiqué unas cavilaciones sobre ese fenómeno inédito antes de nuestros días, y cuyo rasgo estructural más distintivo es la preferencia que muestra un creciente número de personas de edades varias (no sólo jóvenes, ni mucho menos) por afrontar su vida en solitario, al margen de planteamientos de cohabitación habitual de cualquier sesgo que pudieran siquiera evocar, de algún modo, la existencia de vínculos jurídicos de índole conyugal y, por tanto familiar entre los eventuales convivientes. Hoy, retomando el hilo de aquellas reflexiones, me pregunto ¿Se ha producido acaso una mutación genética que ha llevado a tantos a la indiferencia y al solipsismo tras amputar en ellos el impulso social primigenio a formar familia?

Deseo y voluntad de familia

No me gusta en exceso la expresión deseo de familia que ha hecho fortuna para explicar el radical anhelo de Ser estar, de permanecer en familia que experimenta el ser humano. La aspiración a construir un hogar animado por la vívida experiencia de los amores peculiares que ligan los corazones de sus miembros, que forjan su unión (su comunión) y que despiertan la misteriosa e intuitiva certidumbre de que son realmente familia. Un anhelo que conlleva la apertura al otro incluso allende la superficie permeable de la esfera familiar. Unafán que se traduce en firme voluntad de familia empeñada en descubrir y recorrer el camino que, desde un deslumbrante encuentro de un con un yo, conduce poco a poco a un nosotros desde el que, a partir de entonces, sólo se permite, a ambos, pensar el presente y el futuro en función del otro.

Pero para que entre dos personas antes aisladas llegue a brotar un nosotros, es necesario que, desde la mera atracción inicial que surgió tras los primeros encuentros, el trato asiduo y respetuoso dé lugar a un conocimiento recíproco que desvele la existencia, entrambos, de un grado suficiente de homogamia[2] y también de compatibilidad de temperamentos, de valores, de actitudes y de hábitos que favorezcan la cordial e incondicional aceptación recíproca. Pues así, con la experiencia de ver cumplidas en grado suficiente tales condiciones, envueltos en un halo amoroso preñado de ilusiones y promesas, afrontarán el momento crucial de tomar la trascendente decisión de consumar la entrega tras contraer, libre y responsablemente, un compromiso de vida y amor con vocación de eternidad.

Se ha repetido muchas veces –y es verdad- que la familia es la institución más valorada por las personas de todas las edades y situaciones económicas y sociales. Pero no es menos cierto que, en estos tiempos que corren, es densa la niebla que difumina su verdadero rostro. También son mayoría los que se muestran satisfechos con la realidad y marcha de sus matrimonios; pero no se puede negar la presencia y el favor de que gozan, en los medios, patéticas caricaturas de la institución, ni la fuerza disuasiva del miedo que induce el fracaso de tantos, ni el pesimismo de fondo que proyectan ideologías disolventes de curso corriente a lo largo de las dos últimas centurias.

Las crisis económicas y el agravamiento de las desigualdades e injusticias que generan, no favorecen, ciertamente, los esfuerzos de quienes –con magros efectivos y escasos medios- se empeñan en revertir la situación a pesar de lo que indican las líneas de tendencia de las series estadísticas relativas a fenómenos como el divorcio, el aborto, la caída de la natalidad y el descenso del número de matrimonios.

¿Dónde encontrar las causas?

En mi opinión, pues, aun reconociendo la importancia de tan graves cuestiones de índole económica, no residen en ellas las causas eficientes de la crisis que sufre la familia. Creo que deben buscarse más bien en la realidad de la crisis de valores que conmueve los cimientos de la civilización occidental, y que amenaza con debilitar la solidaridad y la cohesión sociales hasta transformar a los ciudadanos –como explica el filósofo laico Jürgen Habermas- en “mónadas aisladas que sólo se mueven buscando el propio interés y que se dedican a esgrimir sus derechos subjetivos unas contra otras”[3]. Una crisis, pues, que golpea directamente el corazón de la familia, ámbito natural de la educación y, por tanto: primera escuela centrada en los valores y en el desarrollo de actitudes y hábitos (virtudes) humanos, sociales y sobrenaturales.

Mónadas aísladas

En íntima relación con la situación actual, viene bien, recordar que, a comienzos de los años ochenta, un Papa venido del Este, advertía de la tormenta que ya azotaba al mundo; y rodeado de familias, afirmaba con emocionada convicción que “el futuro de la humanidad depende de la familia”; de la familia –madre y maestra, también ella- en donde los seres humanos somos llamados a nacer y crecer en la confianza, la libertad y el amor: los tres vectores clave del crecimiento humano y, por tanto, objetivos centrales de la educación familiar.

Hoy también tiene toda la razón el Papa Francisco, cuando constata que “el mundo actual también aprecia el testimonio de los matrimonios que no solo han perdurado en el tiempo, sino que siguen sosteniendo un proyecto común y conservando el afecto”[4]. Pero –continúa el Pontífice- “esto no significa dejar de advertir la decadencia cultural que no promueve el amor y la entrega[5], sino –cabría añadir- la pobre idea de un hombre insolidario, narcisista y temeroso; que renuncia a su grandeza, que se esconde entre el estupefaciente oropel de múltiples y alternativas realidades virtuales, temiendo ser presa del vértigo que le embargaría si, al asomarse a su intimidad, descubriera la magnitud de su vacío. Un hombre, en suma, inhabilitado a causa de la moral hedonista, “para su forma de vida más alta, más íntima, que es la donación de sí”[6].

En busca de la intimidad perdida

La intimidad puede pensarse como un ámbito especialmente dispuesto para la acogida, la contemplación, la confidencia. Se puede decir también que, en ella, los encuentros gozarían de una atmosfera formada por un armonioso coctel de sentimientos tales como la benevolencia, la confianza y la seguridad. Se trataría, pues, en este caso, de un ambiente: del ambiente propio de la amistad, de las confidencias, de los enamorados. Pero cabe aún emplear el término para aludir a lo más hondo y recóndito del ser personal del hombre: a su interioridad, el centro ideal, intangible, en el que acontece el encuentro de la persona consigo misma, y donde acabará (ojalá) descubriendo y aceptando su propia Identidad, en apasionado debate con sus ideales e ilusiones, con las nociones que va adquiriendo acerca del mundo de las cosas y de las personas, y en relación con la verdad, el bien, y la belleza; con sus anhelos y temores, con sus alegrías y con sus tristezas resultado, ambas, en último término, de los aciertos o de los errores habidos en el ejercicio de su libertad

A esta acepción me refiero, pues, al decir que la persona es el claustro de su propia intimidad y, al tiempo, señora y guardián de la misma. Llegado el momento, de su libre voluntad dependerá mantenerla en recelosa cerrazón o en pródiga apertura. En su intimidad amará, proyectará y decidirá con la ayuda o rémora que pueda suponer cuanto de acierto o de error no enmendado exista en ella. Y en medio de esta tensión dialéctica se irá desarrollando, incluso desde antes de su nacimiento, más allá de las bases fisiológicas que les darán sustento, todo un mundo de percepciones, de sensaciones, de conmociones afectivas y aun de experiencias cognitivas.

Su individualidad y su sociabilidad, necesitadas, ambas, de desarrollo armónico, lo irán alcanzando gracias al cultivo de su intimidad y al diálogo profundo que alcance a establecer con las de sus semejantes, en el seno de sociedades cada vez más amplias, tejidas con aquellas otras primordiales que nacen del compromiso recíproco, estable, fecundo y duradero, de un solo hombre y de una sola mujer enredados en la “suprema forma de amistad”[7], a la que llamamos matrimonio.

Fácil es entender que estas sociedades originarias de base conyugal, estas familias que, en la tradición judeo-cristiana se manifestaron bajo su mejor forma tras un largo proceso de institucionalización[8], son hoy el modelo de familia del que mayoritariamente disfruta gran parte de la humanidad y en todos los continentes. Y es que en él se dan todas las condiciones para que cualquier proyecto concreto de índole familiar, llegue a ser lo que está llamada a ser: la comunidad de vida y amor de los esposos/padres y de los hijos/hermanos, en la que todos han de crecer cultivando su intimidad y desarrollando su capacidad de apertura a lo otro y, sobre todo, a los otros, por amor.

El lugar que nos acompaña siempre

El filósofo Rafael Alvira, testigo privilegiado de una familia ejemplar (la de sus padres y hermanos), en un estupendo libro suyo dedicado a reflexionar sobre esta primordial sociedad humana, se refiere a ella como el lugar al que se vuelve[9]. Y eso es bien cierto; aunque, si se para uno a pensar, pronto se adivina que la familia es, más bien, el lugar que nos acompaña siempre.

En efecto: desde la dimensión profundamente educativa del amor conyugal, la familia se encuentra en condiciones de ser el privilegiado ámbito de la educación centrada en la persona; expresión que es, quizá, la manera más sencilla de explicar aquello en lo que consiste la educación personalizada, según García Hoz. Y es que, en ella, la persona es reconocida, aceptada y querida no por lo que hace sino por lo que es: cónyuge, padre, hijo y hermano; con este o aquel temperamento, con tales o cuales gustos, con estos o aquellos defectos. Y, en todos los casos, siendo aceptados incondicionalmente. Además, en la familia, todos y cada uno de sus miembros pueden encontrar, como en ningún otro lugar, las ayudas oportunas para llevar adelante su propia educación que –a decir de González-Simancas- ha de ser, necesariamente, “autotarea ayudada”.[10]

Es verdad que la educación es preparación para la vida. Esto es cierto en más de un sentido. Han pasado muchos siglos desde que la creciente complejidad de la vida, los progresos de las ciencias y la especialización del conocimiento hicieron imposible la autosuficiencia familiar en materia educativa. Sin embargo, no por eso cesó la responsabilidad primera de los padres respecto de la educación de sus hijos, sino que, por el contrario, se mantuvo e incluso se acrecentó con el no fácil deber –en muchas ocasiones- de recabar costosas colaboraciones de personas e instancias educativas acordes con sus ideas y convicciones. Pero justamente en relación con estas últimas, la educación referente a los valores, las actitudes, motivos y decisiones que suscita su descubrimiento, y el desarrollo de los hábitos operativos (virtudes) que facilitan realizar lo decidido, tuvo y tiene, como ya he dicho, su ámbito natural en el seno de la familia.

Tiene, pues, razón Alvira, cuando afirma que a la familia siempre se vuelve (lo cual equivale a decir que nos acompaña siempre). En ella, todos somos, hijos; la mayoría también hermanos y, luego, esposos fundadores de nuevas familias donde nacerán hijos… Todos ligados en red multicanal por los entrañables amores familiares que resisten al tiempo y al espacio, y que son garantía de pervivencia a lo largo de las generaciones. Pero este modelo de familia nuestro, tan entrañablemente lleno de sentido, está sufriendo grave daño porque muchos de sus miembros están desorientados, débiles –a causa de sus propias limitaciones- e incluso gravemente heridos por fenómenos y circunstancias que ya hemos tenido ocasión de comentar.

Pero, a pesar de todo, sólo la familia posee la llave que ha de abrir paso a la superación de estos males en cuyos orígenes se encuentran la ignorancia y el egoísmo. Sólo a través de la familia y de su tremenda carga de solidaridad, se podrá superar la crisis que aqueja a la humanidad de hoy. Se necesitará convencer a muchos de que existen firmes razones para la esperanza. Será menester mucha imaginación y arrojo, dedicación, mucho y tenaz trabajo y muchas ayudas. Pero la cuestión estriba, en primer término, en lograr que cada vez sea mayor el número de familias convencidas de que no basta con preocuparse, de que no son demasiado útiles los lamentos, de que se puede (y se debe) navegar a contracorriente y de que, en sus hogares, todos y cada uno de sus miembros tienen puesto de remero y amables y trascendentales deberes que cumplir.

Deberes paternales cuyo cumplimiento requiere esposos que se amen fiel, respetuosa y delicadamente: padres que sean educadores empeñados en ser ejemplos de integridad, de lealtad y de fidelidad ante sus hijos; que en el ejercicio de su autoridad, procuren ser siempre prudentes, justos, firmes y tolerantes cuando así proceda; tiernos, acogedores y comprensivos, prontos para el perdón y, en definitiva, siempre atentos y dispuestos a cultivar y enriquecer, junto a sus hijos, un auténtico clima de cálida intimidad familiar en el que reine la paz y la alegría y en el que la confianza y la disponibilidad sean la norma.

Y es que el nudo gordiano de las crisis y de las rupturas familiares, se cortaría, de un solo tajo, con el delicado cultivo de la intimidad mediante la educación en los valores familiares. Para ello es menester que quienes han de liderar estos procesos -los esposos-padres, evidentemente- procuren establecer, con claridad y acierto, los objetivos, adquirir y actualizar su competencia, proyectar su acción educativa de forma coordinada, y recurrir a cuentas orientaciones y ayudas resulten pertinentes.

¿Y del amor, se debería decir algo más? Pues sí, mucho más; porque el amor es una fuente de realidad inagotable. El amor –el gran abanico de los amores familiares- constituye el alma de la familia. Es en él -entre ellos- donde enraízan y prosperan la intimidad y la educación. Sí, mucho hay que pensar –y luego hablar- sobre los amores familiares. Y, especialmente, sobre el conyugal del que provienen todos los restantes. Ya que, Sólo con el corazón centrado en ellos, se puede vivir y cuidar, amorosamente, la intimidad y la educación en la familia. También sobre la economía familiar y sobre la necesidad de políticas públicas que optimicen su situación se debe pensar asiduamente, porque no podemos olvidar que, en tanto que ente vivo, los elementos configuradores de la familia son principalmente tres: intimidad, educación y economía[11].

En este tipo de ambiente los hijos encontrarán los referentes y estímulos necesarios para que, al tiempo que crecen como buenos hijos, aprendan en qué consiste ser buenos esposos, sabedores del qué y el para qué del matrimonio, con la madurez que implica ser capaces de tomar las riendas de sus vidas, y de entregarse mutuamente por amor. Descubrirán también cómo ser un buen padre: providente, no controlador y cuya presencia sosiega y suscita alegría; cómo han de ser las buenas madres en cuyos regazos brotan y crecen la confianza, la intimidad y también la autoestima de sus hijos. Cómo ser, en suma, padres y madres que, con amor, entereza y optimismo, saben afrontar las contradicciones de la vida, compartiendo los dolores y los gozos propios y de sus hijos quienes, de este modo, se sienten amparados, muy queridos, valorados y, tenidos siempre muy en cuenta.


[1] 25 de noviembre de 2020.

[2] Neologismo empleado en  Rice, F.P. (1990) Intimate Relationsships, que tendría en cuenta la consonancia de las respectivas edades, las afinidades culturales, la religión, la educación, el estatus socioeconómico…

[3] Habermas, J., Fundamentos prepolíticos del Estado, en Barrio, J.M. (2006), Antropología del hecho religioso, Madrid, Rialp, p. 152.

[4] Papa Francisco, Exhortación Apostólica Amoris  Laetitia, Pos.400.

[5] Ibidem. Pos.405.

[6] Polo, Leonardo, (1998)  Los sentimientos humanos, Conferencia en la U. de Piura. En: http://www.hottopos.com.br/rih3/sentment.htm

[7] Vives, J:L., (1948) Deberes del marido, en Obras completas, Aguilar, Madrid, p.1294

[8] Martín López, E.,(2000), Rialp, Madrid, p. 61.

[9] Alvira, Rafael (2000), El lugar al que se vuelve, Pamplona, Eunsa.

[10] González-Simancas, J.L., (1992), Educación, libertad y Compromiso, Pamplona, Eunsa. P. 36.

[11] Alvira, R. oc. p. 47.

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