Un titular desconcertante

Leo, hoy. en HUFFPOST, con grandes letras titulares, que la señora Villacis, a preguntas de un o una periodista, habría dicho: “La bandera de España representa lo mismo que la bandera del Orgullo”. Confieso que aún no he salido del todo de mi estupefacción. Tras un esfuerzo no pequeño lo he logrado, y el sentido común -auxiliado por la prudencia- me ha sugerido que disparate tan monumental no podía haberse gestado en el cerebro de doña Begoña, ni haber sido proferido por sus labios. Pensé entonces que no merecía la pena seguir perdiendo el tiempo con semejante lectura pero, cuando iba a descartarla, el malicioso diablillo de la curiosidad me impulsó a hacerlo. No pude resistirme a hacerlo y -lo confieso- no me arrepiento en absoluto porque conocer la realidad de los hechos, su contenido y su alcance, es condición indispensable para elaborar opiniones plausibles al respecto.

Según la redacción de El Huffpost del 07/07/2022 10:07pm CEST, que entrecomilla, la señora Villacis manifestó, en relación con la ausencia de bandera y pancarta del Orgullo en el Ayuntamiento de Madrid, lo siguiente:

“Me hubiese gustado que estuviese la pancarta porque el Orgullo representa muy bien Madrid. La bandera de España representa la igualdad, la unión… y es lo mismo que representa para mi la bandera del Orgullo. Una bandera así no molesta a nadie… o no debería molestar a nadie”.

Si la señora Villacis no conoce este texto como propio, si nada de eso dijo, no me sorprendería que exigiese una rectificación inmediata a la redacción del diario o plataforma en cuestión, por difundir los dislates que contiene tal párrafo y -conviene decirlo- también el resto de la entrevista. Pero me limitaré exclusivamente a él no sin antes declarar, solemnemente, que a mi la bandera del orgullo ni ninguna otra me incomodan, tanto si son legales o meramente festivas. Siempre y cuando, naturalmente, su uso se produzca de acuerdo con la ley.

Pero dicho eso ¿Cómo que el Orgullo (nótese que ya no se le apellida) representa muy bien a Madrid? ¿Es acaso ese (y lo que representa) un elemento característico y caracterizador de la historia o de la esencia actual de la capital de la Comunidad de Madrid y, nada menos que del Reino de España? ¿Cabe mayor disparate que poner en términos de comparación simbólica su bandera con la de España? ¡Claro que la Bandera de España representa la igualdad y la unidad del pueblo español!, de la Nación Española, de la Nación-Estado más antigua de Occidente, de una nación de ciudadanos libres e iguales que, sean o no presidentes, alcaldes (como el de Madrid), concejales o ciudadanos de a pie, tienen todo el derecho a asociarse o no, a reunirse o no, a moverse libremente por donde quieran, o a permanecer al margen de festejos y a resguardo de quienes, durante ellos, teman que pueden agredirles como ya hicieron a otros y otras en pasada ocasiones…

Con todo el respeto y consideraciones posibles, la bandera del arco iris representa, en todo caso, la unidad y la igualdad de quienes se acogen libre y voluntariamente a su sombra, y todo lo que ellos quieran transmitir simbólicamente con tal enseña. Y me parece muy bien. Pero para mí, a diferencia de la señora Villacis, no representa nada más que lo ya dicho, insisto, con todo mi respeto a las personas que la enarbolan y sienten, de algún modo, como propia.

Pero la Bandera española es otra cosa. Es algo que no se debería tomar jamás en vano. Bueno, es cierto que aún se echa de menos en según qué balcones oficiales; que se ha pretendido reducir notablemente su uso y su presencia con variados argumentos y aun descalificaciones; que se la injuria e incluso quema impunemente allí donde sus arriscados enemigos prevalecen ocasionalmente, por la ausencia medrosa -cuando no culposa- del Estado en demasiadas ocasiones…

Pero ¿No fue, acaso, la Bandera Constitucional de España -heredada de nuestros mayores desde 1785- reconocida y establecida en su forma actual por el Referendum de 6 de diciembre de 1978? ¿No es esta Bandera el símbolo de nuestra Patria ante la que tantas y tantos españoles de diferentes ideas, color y orientación sexual juran que, si necesario fuera, derramarán hasta la última gota de su sangre por defenderla?

La fórmula del Juramento (hermosa fórmula) dice así:

«¡Soldados! (O ¡Españoles!) ¿Juráis por Dios o por vuestro honor y prometéis a España, besando con unción su Bandera, obedecer y respetar al Rey y a vuestros Jefes, no abandonarles nunca y derramar, si es preciso, en defensa de la soberanía e independencia de la Patria, de su unidad e integridad territorial y del ordenamiento constitucional, hasta la última gota de vuestra sangre?»

No, sin causa cierta en un error del medio o en un grave trastorno cognitivo transitorio propio, no es posible que doña Begoña Villacis halla formulado tamaños despropósitos. Me encantaría tener pronto noticia de una rectificación del medio o en el medio a iniciativa suya. De otra forma, me dolería -y mucho- verla mezclada por la opinión de la gente sensata, con el mirífico mundo de la ingenuidad irresponsable en la que pacen y medran tantos ignorantes no siempre bienintencionados.

No, no podemos seguir trivializando de este modo el símbolo máximo de esta gran Nación que es España. Una nación surgida de un pueblo que comparte orígenes lejanos, costumbres y tradiciones entrañables que vivimos en los hogares de nuestros mayores, y que continúan aún nutriendo nuestro presente, el de nuestros hijos, el de los nietos. En definitiva, unos símbolos que resumen y explican, intuitivamente, el sistema de significados que proporciona sentido a nuestras vidas, y el sentimiento de pertenencia a una comunidad de destino: España, nuestra Patria.

Si abandonáramos nuestros símbolos, si olvidáramos su significado, no sólo iríamos debilitando nuestros vínculos de pertenencia a un pueblo que continúa dejando impresa su huella en la historia de la humanidad, si no que nuestro propio proceso de humanización personal se resentiría de tal modo que, poco a poco, casi sin darnos cuenta, acabaríamos convirtiéndonos, a decir de Jürgen Habermas, en mónadas aisladas tan sólo capaces de reclamar derechos y de eludir deberes al poder oportunista, al gobierno de vocación totalitaria que reduce la libertad al ámbito de lo políticamente correcto establecido, naturalmente, por él; la vida moral al mero permisivismo ético; la educación a mero adoctrinamiento ideológico. Y, por si fuera poco, que sustituye la Historia por el relato impuesto por la mal llamada memoria democrática. Mucho de esto, desgraciadamente, ya viene ocurriendo, pero, sobre esto último, ya pensaremos otro día.

Francisco Galvache Valero-Martín

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